VERDE TURQuíA

"Turquía es todo verde", definió el dueño del último hotel en que estuvimos en Siria, en Latakia, unos 50 km. antes de cruzar la frontera. Después de cerca de un mes y medio atravesando desiertos y montañas pedregosas, parecía una exageracıón pero, sin embargo, así resultó. Pero además de la naturaleza, el pueblo turco resultó ser de una amabilidad inesperada.

En prácticamente todo el camino atravesando el país desde la frontera siria hasta Istambul, en la parte europea del país, fuimos muy bien tratados. Pudimos viajar casi como en Argentina pues, aunque los precios no son baratos, muchísimas veces nos dieron lugar para dormir en alguna pieza cuando pedíamos permiso para acampar. Era muy común, y no dejó de sorprendernos, que descansando en alguna estación de servicio apareciera uno de los empleados con una bandeja con dos vasos de té, la bebida omnipresente en Turquía. Y a pesar de que casi nadie habla otro idioma que el turco, nos pudimos comunicar razonablemente bien, mediante gestos y palabras que sabían ellos en inglés y las pocas que íbamos aprendiendo de su lengua.

El inconveniente fue, en cambio, la geografía. Perdimos la cuenta de la cantidad de cordones montañosos que debimos cruzar ya desde la misma frontera siria. Turquía está atravesada por montañas que rodean una meseta poco amable para el ciclismo, la meseta de Anatolia, abatida por fuertes vientos (por supuesto, siempre en contra), a veces desolada y, en esta época del año, bastante fría. Atravesar unos 1.200 km. en esta topografía fue algo más difícil de lo imaginado, pero la calidez de la gente lo hizo agradable.

DESDE LA FRONTERA A LA CAPITAL
Entramos al país por la frontera sur, pasando por una zona de bosques hasta el primer pueblo, Yayladagi. Desde allí, cruzamos un cordón montañoso para llegar a la primera ciudad importante, Antakya, la antigua capital del imperio sirio fundado por Seleuco, uno de los sucesores de Alejandro Magno. En Anatkya (Antioquía), nos sorprendió la conjugación de modernos comercios y viejos bazares, junto con un excelente museo repleto de mosaicos romanos. Salir de allí significó el cruce de otra dura cordillera hasta llegar, nuevamente, a la costa del Mediterráneo en la ciudad de Iskenderum, llamada antes Alejandreta, fundada por Alejandro el Grande. Poco después atravesamos los llanos de Issos, lugar de la decisiva batalla en la que el rey macedonio derrotó al rey de los persas, Darío, en 333 AC. Este antiguo campo de batalla es ahora una enorme plantación de cítricos.

Veíamos a lo lejos las altas montañas que deberíamos atravesar apenas nos alejáramos de la costa, y algunos de los castillos con que los cruzados, como ya viéramos en Jordania y Siria, jalonaron la región para combatir a los musulmanes. En esta zona de llanura comenzamos a experimentar la hospitalidad turca, en las estaciones de servicio en que aprovechábamos para descansar, en los pequeños pueblos, en las ciudades no tan chicas. Cerca de Iskenderum nos dejaron acampar al lado de una estación de servicio con vista a la costa del Mediterráneo, más allá un kurdo nos cedió su pieza en el edificio de otra. Habiendo empezado a subir los durísimos montes Taurus, otro hombre nos permitió dormir en un cuarto en un pueblito de montaña y nos ofreció el siempre listo çay (té) y comida, bajo la mirada potente de un enorme retrato de Mustafá Kemal Atatürk, el prócer nacional.

Un punto alto de esta hospitalidad fue después de uno de los días más duros en la montaña, habiendo hecho escasos 41 km. pedaleando desde las 6 de la mañana, con frío y, al caer la tarde, con lluvia, preguntando en la farmacia de una pequeña ciudad. Uno de los farmacéuticos nos sorprendió haciéndonos lugar en su pieza. Ese día pasamos uno de los puntos más altos del recorrido: habíamos llegado a 1.370 m.s.n.m. subiendo desde la costa por una carretera serperteante, por verdes pasos de montaña y pueblecitos de pastores. La bajada, esperada con ansiedad, no duró mucho, al día siguiente estábamos subiendo otra vez, hasta alcanzar las alturas de la meseta de Anatolia, barrida por los vientos, tratando de llegar a Ankara, la capital del país.

La meseta de Anatolia nos sorpendió, además, por las bajas temperaturas, que nos obligaron a resucitar los abrigos que prácticamente no habíamos utilizado en el resto del viaje. En varias etapas de cerca de 80 km. cada una llegamos a Ankara, la capital fundada por Kemal Atatürk. Antes, pasamos por el Lago de Sal (Yüz Gölü), un enorme espejo de agua salada en el mismo centro de la meseta, donde tuvimos que parar una tarde por fuertes dolores abdominales de Karina, quizá motivado por el abuso de las excelentes aceitunas de la zona, que los turcos comen hasta de desayuno.

Entramos a la capital por una fuerte bajada que nos depositó directamente en el centro. Ankara tiene, como casi todas las ciudades de esta parte del globo de antiquísimas poblaciones (la ciudad más antigua del mundo conocida hasta el momento se encuentra en Anatolia), una ciudadela con murallas y un viejo bazar, pero lo que más nos impresionó fue la enorme presencia del fundador (podríamos decir el inventor) de la Turquía moderna, el ya mencionado Atatürk. Visitamos el majestuoso mausoleo donde se encuentra su cuerpo, que incluye un espectacular museo dedicado a su vida.

Mustafá Kemal vivió en un período decisivo de la historia turca, cuando se desintegró el imperio otomano luego de la derrota en la Primera Guerra Mundial, en la que los turcos lucharon al lado de alemanes y austrohúngaros y el antiguo imperio corrió la misma suerte que los de sus aliados. Mustafá Kemal, héroe de la cruenta batalla de Gallípoli (para los ingleses) y Çannakale (para los turcos), encabezó la guerra de liberación en que los turcos reconstruyeron parte de su antiguo estado, que había sido repartido entre las potencias vencedoras y sus aliados (entre ellos los rebeldes árabes, kurdos y armenios). En una cruenta guerra que movilizó a la nación entera, Kemal logró expulsar a los distintos ocupantes. Nada se dice en el Museo (ni en ningún otro lugar que hayamos visto), sin embargo, de las masacres perpetradas contra los armenios por la misma época, una página demasiado oscura de la historia reciente de Turquía.

Pero lo más destacado de la obra de Atatürk no fue el aspecto militar, que lo colocó en la posición de jefe del naciente estado, sino su obra reformadora al frente de éste. Atatürk secularizó un país islámico, hasta entonces dominado por la religión en sus aspectos más profundos y cotidianos, no sin resistencias, muchas sofocadas violentamente. Para ello, eliminó antiguas instituciones como el sultanato y el califato, la enseñanza religiosa, creó una institucionalidad republicana y hasta prohibió las vestimentas tradicionales y los títulos nobiliarios; cambió el uso del alfabeto árabe por el latino e impuso el uso de apellidos permanentes. A él le fue reservado (y no lo rechazó) el uso del apellido Atatürk, que significa algo así como "padre de los turcos".

Esta inmensa obra reformadora creó un Estado con grandes diferencias con el resto de los países musulmanes que atravesamos. Una de las más importantes es la referida a la situación de la mujer: también creó leyes que garantizan la igualdad legal de los géneros. Las mujeres turcas, por ejemplo, votaron antes que las argentinas. Ese estado de cosas fueron un alivio para Karina, aunque no se habieran repetido desde Jordania situaciones como las de Egipto.

Ver fotos del recorrido entre la frontera siria y el Mediterráneo.
Ver fotos del recorrido a través de la meseta de Anatolia.

RUMBO A ISTAMBUL
Desde Ankara tuvimos que hacer otros 450 km. para llegar a Istambul, la antigua capital otomana. Saliendo de la capital nos volvimos a encontrar con montañas y, nuevamente, con la hospitalidad increíble. En el antiguo pueblo de Ayaş, un hombre nos invitó a su casa. Mehmet Başol y su familia fueron una magnífica introducción a la vida cotidiana de la gente del interior turco.

Continuamos subiendo por la meseta adentrándonos cada vez más en zona montañosa, hasta llegar a una subida kilométrica donde tuvimos que volver a utilizar la carpa en medio de un frío bosque, a más de 1100 metros de altura. A la mañana siguiente nos explicamos por qué nos había resultado tan fría la noche: la carpa y la bicicleta estaban cubiertas por una helada capa de escarcha.

Pero quedaban sólo unos 5 km. hasta la cima. A partir de ahí comenzó el descenso hacia el mar, que sin embargo implicó el paso de otros dos cordones de montañas. Tratando de apurarnos para tener tiempo de conocer algo de Istambul antes de tomar el vuelo a India, recorrimos los últimos kilómetros antes de entrar en la extensa zona urbana de Istambul. La última noche la pasamos en una estación de servicio donde un camionero que hablaba francés nos consiguió una habitación y, también, nos invitó a compartir un suculento pollo con él y sus compañeros, oriundos de Gaziantep, en la zona kurda.

Istambul, la antigua Constantinopla y más antigua aun Bizancio, nos permitió una breve pedaleada por la parte europea de Turquía. La ciudad tiene una historia y un presente fascinantes. En el poco tiempo de que dispusimos pudimos visitar la antigua catedral bizantina de Santa Sofía, convertida en mezquita por el sultán Mehmet II, que conquistó la ciudad y terminó para siempre con el Imperio Romano de Oriente, y en museo por el positivista de Atatürk. Fuimos también al impresionante palacio Todkapi, la sede de los opulentos sultanes. Pero nos quedamos con las ganas de concocer más en profundidad esta milenaria metrópoli. Ahora nos toca volver a Asia, pero mucho más allá del Bósforo, a una repentinamente conflictiva India.

Ver fotos de la ciudad de Istambul.

el trayecto por Turquía


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